Autenticidad, respecto por las raíces musicales y personalidad para trascenderlas. Eso es lo que tiene en común (aunque formalmente no se parezcan en nada) los norteamericanos Big Thief, la mejor banda de folk rock de los últimos años, y el ghanés Ata Kak, el músico al que han elegido para sucederles sobre el escenario y poner el fin de fiesta.
El trío que forman Adrianne Lenker, Buck Meek y James Krivchenia transmite una honestidad y un espíritu comunitario poco habituales. Son, por méritos propios, la gran banda americana de folk rock del último lustro, gracias a una secuencia de álbumes en los que han tamizado, bajo su acusada personalidad, las enseñanzas de Neil Young & Crazy Horse, Bob Dylan, Elliott Smith o Nick Drake, acercándolas a un público intergeneracional: desde los X hasta los boomers los disfrutan. Discos como “Masterpiece” (2016), “Capacity” (2017), “U.F.O.F.” (2019) “Two Hands” (2019), “Dragon New Warm Mountain I Believe in You” (2022) y el más reciente “Double Infinity” (2025) forman parte de lo mejor de la producción musical internacional de los últimos tiempos, y sus directos son auténticas experiencias, en las que la banda transmite un poder de seducción que tiene mucho que ver con una forma de tocar que prima la concentración y el intimismo, con sus tres miembros esenciales ocupando en círculo el centro del escenario.
La historia del veterano músico ghanés Ata Kak (65 años) es fascinante: tras militar como batería durante la década de los ochenta en un trío afincado en Toronto, Marijata, se decidió a autoeditarse un disco de debut en solitario, “Obaa Sima” (1994), de cuya corta tirada – 50 copias – solo logró vender tres. Tal cual. En 2002, el fundador del sello discográfico Awesome Tapes From Africa, Brian Shimkovitz, dio con una de las copias en un mercadillo de Ghana. Se decidió a reeditarlo en su discográfica en 2015. Y desde entonces, el disco acumula más de ocho millones de reproducciones, solo en Spotify. Todo un fenómeno, de tintes paranormales. Fue el tardío premio a un trabajo pionero por su forma de mezclar y experimentar con el highlife, el electro, el funk y el hip hop, género que le tenía atrapado desde que descubrió a Grandmaster Flash por televisión durante los ochenta. Un cuento con final feliz. Un milagro.